Memoria de un genocidio

El Relatorio Figueiredo es un informe de 1968 que recoge la sistemática violación de derechos humanos sufrida por las poblaciones indígenas de Brasil. Durante decenios estuvo perdido. Su reciente descubrimiento ha vuelto a poner de actualidad una realidad trágica con más de quinientos años de historia.

foto massacre índio

por Juanma COSTOYA

Alo largo de cuarenta años se habló en Brasil del Relatorio Figueiredo como de una leyenda. Se le consideraba perdido o censurado y la versión más difundida estimaba que toda la comprometida documentación agrupada bajo este nombre se había quemado en un incendio ocurrido hace decenios en el Ministerio de Agricultura brasileño. La incomodidad de su contenido y el destino había determinado que las cincuenta cajas que contenían las más de siete mil páginas del Relatorio Figueiredo hubieran permanecido simplemente ignoradas, acumulando polvo en un oscuro almacén gubernamental. La donación por parte del organismo gubernamental FUNAI (Fundación de Ayuda al Indio) del conjunto de cajas sin catalogar y su traslado al Museo del Indio de Río de Janeiro permitieron, hace escasas semanas, su localización por uno de los abogados que trabajan para la Comisión Nacional de la Verdad, creada en 2012, a fin de esclarecer los crímenes cometidos contra la población indígena del país carioca entre los años 1946 y 1988.

Como hace siglos, la realidad de los indígenas americanos sigue en el centro del huracán. La prensa brasileña habla del auge del lobby ruralista, compuesto, en una parte importante por terratenientes y compañías mineras. Su influencia es grande en el Congreso y Dilma Rousseff, la actual presidenta del país, no puede desdeñar casi ningún apoyo.

Jader de Figueiredo

El Relatorio Figueiredo lleva el nombre de su autor, el procurador Jader de Figueiredo Correia. Siguiendo los dictados del Ministerio de Interior brasileño, el funcionario Figueiredo inició a comienzos de 1967 un viaje de 14.000 kilómetros por el interior de su inmenso país, visitando 18 estados y contactando con 130 puestos indígenas. En su transcurso fueron entrevistados docenas de miembros del SPI (Servicio de Protección al Indio) y se tomaron gran número de fotografías. Las conclusiones del colosal informe fueron espeluznantes.

En esas páginas, que se muestran amarillentas a día de hoy, redactadas a máquina y a doble espacio y presididas por el escudo del Ministerio del Interior brasileño, se habla de desvío de recursos, de la venta ilegítima de tierras indígenas, de asesinatos masivos y torturas, de envenenamientos y secuestros, de prostitución de las jóvenes indígenas, de esclavitud y de todo un catálogo de horrores coronados por la impunidad más absoluta.

Medios internacionales como «The New York Times» o «Der Spiegel» se hicieron en su día eco del informe poniendo a la dictadura brasileña del presidente Emilio Garrastazu (1969-74) en una situación incómoda. Jader de Figueiredo, por su parte, fue amenazado de muerte en repetidas ocasiones, sufrió atentados, y su familia en Fortaleza precisó de escolta durante varios años.

El propio Figueiredo se reveló como un verso suelto en la polarizada sociedad brasileña de la época. Tenaz e incorruptible, denostado por la derecha y, sobre todo, por los representantes de estancieros, empresas mineras y terratenientes, tampoco se hizo querer por la izquierda debido a su condición de funcionario de la dictadura.

Figueiredo moriría en 1976, a los 53 años, en un accidente de autobús. La última etapa de su existencia fue amarga. El colosal esfuerzo invertido en su Relatorio y los riesgos corridos se saldaron únicamente con unas cuantas dimisiones y algún cese. Ningún responsable de las matanzas y de los terribles abusos cometidos conoció la prisión. El siniestro Servicio de Protección al Indio fue refundado y se convertiría en el FUNAI.

En el fondo, nada trascendente había sucedido y los abusos simplemente se enmascararon para poder continuar.

Norman Lewis

A pesar de todo, el Relatorio Figueiredo cayó como una bomba en determinados ambientes. Lo que era un secreto a voces acabó por tener confirmación oficial. Un decenio antes de que se hiciera público el informe, el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss ya había denunciado en su obra «Tristes Trópicos» (1955) prácticas criminales al servicio de intereses especuladores, los grao fino de la sociedad brasileña de 1930. De los hospitales, por ejemplo, se recolectaba ropa de enfermos infectados por la viruela. Estas prendas envenenadas eran después donadas a tribus o abandonadas, en forma de presentes, en los caminos frecuentados por los indígenas. Se buscaba una mortandad inmediata y devastadora. Strauss también recoge que los mismos que toleraban y hasta fomentaban estas prácticas mantenían una doctrina oficial de lamento y escándalo por las matanzas perpetradas por los exploradores europeos del XVI en su país.

El Relatorio tampoco pasaría desapercibido en Europa. El escritor Norman Lewis (1908-2003) redactó, en 1969, para «The Sunday Times», un largo reportaje en el que reflejaba sus experiencias viajeras por América del Sur contrastándolas con las conclusiones del informe Figueiredo al que consideraba verídico hasta en sus últimos detalles. El reportaje provocó tal conmoción en Europa que fue el detonante de la formación de Survival International, la organización no gubernamental que nació con la vocación de velar por los derechos indígenas en el mundo.

El encabezamiento del reportaje de Lewis ha quedado como una lección de historia resumida en dos líneas. «Del fuego a la espada al arsénico y las balas, la civilización condenó a seis millones de indios a la extinción». En su largo artículo, Lewis incluía al padre Las Casas, el dominico sevillano autor de la celebérrima «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» (1552) y a Lévi Strauss como autoridades intelectuales que habían denunciado el silencioso genocidio indígena con casi cinco siglos de diferencia. Lewis incluía en su escrito una reveladora declaración literal del antropólogo francés: «Los indígenas no son gente del pasado o retrasados, por el contrario atesoran un genio para la acción y la invención que se sitúa muy lejos de muchos logros de la gente llamada civilizada».

«Dios contra los indios»

Norman Lewis, al que el Graham Greene calificó como uno de los mejores escritores del siglo XX, fue, al igual que Jader de Figueiredo, otro verso suelto. A diferencia de los grandes escritores británicos de viajes no vino al mundo en el seno de una familia de aristócratas o funcionarios coloniales. Desde muy joven hubo de trabajar para ganarse la vida y lo hizo en los más variados oficios, desde paragüero hasta fotógrafo o vendedor comercial. Ni rastro en su biografía de la elitista camaradería de los happy few, los educados a caballo entre Eton y Oxford o Cambridge. En una entrevista dejó clara su visión del mundo al afirmar que en sus viajes a alguna de las regiones más remotas del mundo nunca se había sentido superior a la gente a la que trataba.

Las sociedades indígenas de América del Sur le causaron honda conmoción. En sus largos y continuos viajes a esta zona del mundo pronto descubrió que el genocidio indígena no era solo cosa del pasado. Una nueva hecatombe se estaba produciendo en esos mismos momentos y por obra de aquellos a quienes la sociedad consideraba como garantes de los derechos de los más débiles: los misioneros. De Guatemala a Paraguay y de Bolivia a la cuenca amazónica las sectas evangelistas norteamericanas actuaban con inmunidad y letal eficacia. Arrastrados por un celo fanático e ignorante y en connivencia en muchas ocasiones con intereses económicos y estratégicos por completo ajenos a las sociedades indígenas, los misioneros lograban en tiempo récord la aculturización de los nativos, paso previo a una desorientación vital y a una apatía generalizadas, lo que, más temprano que tarde, desembocaba en patologías que segaban la vida de sociedades enteras.

Testigo impotente de esta situación, Norman Lewis escribió un libro memorable «Misioneros. Dios contra los indios» (1988). Esta obra, publicada en su día por la editorial Herder y hoy descatalogada y a la que solo es posible acceder por medio de librerías cuyos fondos se exhiban en la red, destila humanidad y sentido común frente al cerrilismo criminal y obtuso de los misioneros evangelistas norteamericanos.

Como si no hubieran pasado cinco siglos desde que Las Casas advirtiera de las tropelías de la colonización española en América, volvían a repetirse a finales del siglo XX la esclavitud encubierta, el tráfico de seres humanos, las indagaciones en busca de materias primas y minerales estratégicos y los trapicheos con plumas de aves y pieles de jaguares, todo ello mezclado y encubierto con una teología medievalizante, mercantilizadora y puritana que sería cómica de no ser tan trágica.

Claude Lévi-Strauss

Lévi-Strauss (1908-2009) pasa por ser uno de los intelectuales de referencia del siglo XX. Fundador de la antropología estructural y de la Asociación Internacional de Lingüística, su público más amplio le conoce por su obra «Tristes Trópicos». Es célebre y polémica la frase que da origen a esta obra: «Odio los viajes y los exploradores». De forma paradójica, en este ensayo novelado reflexiona sobre las expediciones científicas que llevó a cabo en algunas de las áreas más apartadas del Brasil de finales de los años 30. El jurado del Premio Goncourt dijo lamentar no poder premiarlo ya que, en rigor, no era una obra de ficción.

El autor afirma haber conocido a muchos misioneros y sentir aprecio por la labor humana y científica de muchos de ellos. Hace, sin embargo, una salvedad clara, la de los misioneros norteamericanos que trataban de introducirse en su área de estudio entonces, el Mato Grosso central. Asegura de ellos que provenían de familias campesinas educadas en los ambientes rurales de Nebraska o Dakota, creyentes en la literalidad del infierno bíblico y los calderos de aceite hirviendo; convencidos de su salvación «como se contrata un seguro». Dueños de un fanatismo y una ignorancia proporcionales, Lévi-Strauss les acusaba también de una crueldad y de una falta de humanidad escandalosa en el trato con los indígenas.

Amazon denuncia o vampirismo tributário brasileiro que beneficia servidores públicos parasitas e desnecessários

Denuncia a Amazon, empresa estadunidense, a infraestrutura terceiro-mundista do Brasil, e o “nosso labirinto tributário e vampiresco – necessário para bancar tantos políticos corruptos, além, é claro, do sem fim de servidores públicos parasitas (e, em grande parte, desnecessários)”.

Governar o Brasil é coletar impostos indiretos. Impostos pagos pelos pobres e pela classe média baixa.

Dinheiro arrecadado pelo governo federal para pagar os mega salários das cortes do executivo, do legislativo e do judiciário (inclusive os desnecessários Tribunal Superior Eleitoral e  Tribunal de Contas da União), e os juros e mais juros da dívida.

Dinheiro arrecadado pelos governos estaduais para sustentar, no luxo e na riqueza, as provincianas cortes do executivo, do legislativo e do judiciário (inclusive os desnecessários tribunais de contas e  regionais, que são estaduais de justiça. O de São Paulo, o maior do mundo, tem 360 (tresentos e sessenta) desembargadores.

Dinheiro arrecadado pelos governos municipais para enriquecer prefeitos e vereadores e suas legiões de secretários, assessores especiais & capangas.

Governos federal, estadual e municipal que nada realizam que preste para o povo, que os modernos aeroportos, estádios e shoppings são destinados aos turistas.

O Brasil vendeu todas suas empresas estatais (inclusive a Vale do Rio Doce, a maior mineradora do mundo, e a Petrobras, a quarta empresa petrolífera). Todas suas riquezas. É o país das montadoras e serviços.

Desnacionalizadas suas riquezas. O exemplo mais recente é o pré-sal. Todas suas empresas. Vide os casos da JBS S.A. , o maior frigorífico  no setor de carne bovina do mundo. Da Marfrig, a segunda maior exportadora de frango e suínos do Brasil, e a segunda maior provedora de produtos elaborados e processados de suínos e de produtos derivados de aves. Da CPF energia, que o o governo paulista vem fatiando.

O Brasil é tão dependente que, na última semana, o ditador do Paraguai ameaçou o Brasil com um apagão. Isso para posicionar o voto da presidente Dilma Rousseff sobre sanções econômicas ao Paraguai no Mercosul. Basta o desejo de um Federico Franco para deixar 18 estados sem energia, como aconteceu no apagão de 2009. Federico tem a chave, que liga e desliga Itaipu.

Leilões e concessões desnacionalizaram o extrativismo vegetal (começa pelo tráfico de madeira nobre e de plantas medicinais) e o extrativismo mineral. Potencialmente, o Brasil é um dos raros países do mundo com capacidade para se tornar auto-suficiente quando ao abastecimento de matérias-primas minerais, indispensáveis ao seu desenvolvimento.  Jazidas que começam a ser desvendadas. E logo doadas. Veios encobertos. Que as minas em exploração se encontram nas regiões mais povoadas do país. O nióbio está nesta lista. Minério traficado em Minas Gerais.

A cobiça do Eldorado e da His Brasil pressiona a criação de reservas indígenas dominadas pela pirataria. Reservas exageradamente dimensionadas, que podem se transformar em nações independentes, ou internacionalizar a Amazônia. O Brasil precisa rever os conceitos de reservas florestais, de reservas indígenas, e de  latifúndio, notadamente de latifúndio estrangeiro, e de monocultura. A colônia da Guiana Francesa não tem reserva indígena.

Não esquecer que apenas os postes do marechal Rondon integravam o imenso Brasil. Os Correios e Telégrafos a primeira empresa brasileira criada por Pedro I com o esquecido grito de “Independência ou Morte”. E querem privatizar os Correios sem os Telégrafos…

A Amazon no Brasil

por Yuri Vieira 

A Amazon pretende abrir sua filial brasileira no quarto trimestre deste ano e, segundo informa a Reuters Brasil, a empresa pretende, de início, vender apenas produtos digitais, uma vez que nossa infraestrutura de Terceiro Mundo e nosso labirinto tributário vampiresco – necessário para bancar tantos políticos corruptos, além, é claro, do sem fim de servidores públicos parasitas (e, em grande parte, desnecessários) – não permitiriam o enraizamento da empresa caso ela entrasse de cara no varejo. (Se você já foi empresário, deve ter notado como o governo brasileiro atrapalha de todas as formas possíveis e kafkianas o enraizamento da sua plantinha capitalista.) Enfim, a Amazon vem aí, mas de mansinho, pois não está acostumada a funcionar em locais tão inóspitos à livre iniciativa. (Aliás, imagino que você já tenha visto, no site norte-americano da Amazon, os enormes impostos tupiniquins embutidos nos preços dos produtos, isto é, apenas quando vendidos para nós, claro. Nós, brasileiros, precisamos parar de acreditar que mega-impostos, giga-taxas e encargos trabalhistas inspirados em Mussolini fazem parte da natureza. São frutos de malandragem, de safadeza e de boas intenções do tipo que enchem o inferno. Do contrário, como disse alguém outro dia, “como sou pobre, só posso comprar quando viajo aos Estados Unidos”. Comprar no Brasil é coisa de gente rica.)

Leia trecho da matéria na Reuters


Qual o futuro do índio brasileiro?

Vou transcrever artigos sobre a política indígena brasileira. Vou divulgar opiniões diferentes. Que o pensamento único fica para o colono, o catequista, o racista

Ricardo Jardim


Só que acho que os índios estão sendo usados como massa de manobra de ONGs e corporações internacionais interessadas em nossos recursos naturais, até por terem muitos de seus países destruído os próprios recursos em seus territórios, bem como suas nações indígenas.

Se assim não fosse, porque eles não estão interessados em defender os índios do Nordeste, do Mato Grosso do Sul e do Sul do país? E por que alguns poucos milhares de índios precisam de extensões de terras (reservas) equivalentes a 11% do território nacional?

O que falta realmente é uma política indigenista coerente, dar direito aos índios de fazerem parte de uma sociedade que também é deles e não abandoná-los à própria sorte em territórios descomunais, distanciados de assistência, de educação, de cultura.

Dar terras aos índios não é tudo, é preciso educá-los quando assim pretenderem. É preciso ajudá-los a viver em novos tempos, assim como muitos deles já vivem e nem pensam em voltar à rusticidade que viviam antes, por motivos óbvios.

Com enormes reservas, ou sem elas, eles irão morrer lentamente, como já vem acontecendo há muitos anos, independente da proximidade dos “povos brancos” como demonstram muitos estudos antropológicos sérios.