+ PRIVATIZAÇÕES + EMPRESAS DESNACIONALIZADAS

 

Os empregados estrangeiros das empresas e indústrias estrangeiras recebem nas filiais brasileiras o salário da matriz. Pago em moeda estrangeira. Os brasileiros ocupam chefias no segundo escalão. A maioria trabalha como peões com salário pago em real, moeda desvalorizada. Todos os empregos são temporários. Mão de obra barata é exploração: aumenta o lucro dos piratas e corsários.

 

 

Desarrollismo y dependencia en Brasil

por Nildo Ourique

El desarrollismo es la religión de la periferia capitalista. Nace de la promesa del progreso para todas las clases sociales bajo el régimen del capital a escala mundial y no es sencillo escapar de su poder de seducción porque se trata de una ideología que puede, en determinadas fases, presentar cierta base material. Brasil no es una excepción. Pero no puede sostenerse de manera indefinida ni jamás cumplir la promesa de un reino de la felicidad, y mucho menos de la abundancia, en el planeta tierra. De hecho, ni siquiera puede cumplir la promesa de garantizar para las mayorías las condiciones mínimas necesarias para la reproducción digna de la vida, como bien lo demuestra la crisis estructural del sistema capitalista, particularmente intensa en los países centrales.

Es necesario identificar, en primer lugar, la base real del optimismo burgués que impulsa el “nuevo desarrollismo”. En los últimos años, y al contrario del comportamiento básico del sistema, los términos de intercambio fueron favorables a la periferia: el alza de los precios de la minería y de los productos agrícolas permitió un ingreso adicional a los países periféricos que no existía en los períodos anteriores.

Sin embargo, hay que resaltar dos aspectos decisivos. El primero es que tal fenómeno consolidó una posición notoriamente adversa de los países periféricos en la división internacional del trabajo. Se renunció a avanzar hacia las fases más importantes de la industrialización, es decir, las fases en donde se concentra la disputa científico-técnica y la multiplicación de la capacidad de producir con menor gasto de fuerza de trabajo.

Las pérdidas económico-financieras de esta renuncia son extraordinariamente más importantes que los dólares que entraron gracias a la subida de los precios de las materias primas agrícolas y minerales. Por otro lado, no existe garantía de que los precios mantengan esta tendencia al alza por mucho tiempo.

Deuda vs. programas sociales

Hay dos indicadores muy sencillos para impedir el paraíso terrenal en la periferia capitalista. El crecimiento de la deuda interna (proceso iniciado en fines de los años ochenta) es, de hecho, el fenómeno más relevante para la acumulación de capital en América Latina: todas las fracciones del capital (financiero, comercial, industrial, agrario) se benefician directamente del gran endeudamiento. En Brasil nada puede ser más expresivo de esta regla básica de la economía política burguesa: precisamente durante la fase “desarrollista”, los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (desde 2011) han transferido miles de millones de reales de impuestos al pago de intereses de la deuda interna.

En el último año de su gobierno, Lula destinó el 40 por ciento de la recaudación fiscal a la deuda; Dilma, en su primer año, el 44 por ciento y, en el segundo, el 45,05 por ciento de toda la recaudación. El porcentaje destinado a la vivienda (principal programa del actual gobierno) recibió apenas el 0,16 por ciento de la recaudación y no se invirtió nada en 2011. Doce millones de familias se quedan sin vivienda y no hay razón para suponer que se vaya a reanudar pronto este programa. ¿Puede alguien puede creer que con semejante política económica las gravísimas cuestiones sociales del país se solucionarán?

El segundo indicador es la fuertísima explotación de la fuerza de trabajo, es decir, el hecho de que en Brasil el 76 por ciento de la población económicamente activa gana hasta tres salarios mínimos. El Departamento Intersindical de Estatística e Estudos Socioeconômicos (DIEESE) calcula que el salario mínimo necesario es de casi 2.300 reales. Este profundo contraste impide la constitución de un mercado interno de masas, razón por la cual no pasan de ideología los discursos sobre la “nueva clase media” brasileña. Ningún intelectual o periodista de los que todos los días publican textos sobre este supuesto nuevo fenómeno estaría dispuesto a sumarse a la “nueva clase media”.

Estabilidad y pacto de clases

Es necesario entender que la estabilidad de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff es producto del pacto de clases que sostienen los gobiernos de la República desde 1994, es decir, del pacto que mantuvo ya Fernando Henrique Cardoso. De hecho, el llamado Plan Real (1994- 1998) no solamente dio la victoria electoral a Cardoso frente a Lula ya en la primera vuelta de los comicios presidenciales, sino que estableció el nuevo pacto de clases que gobierna el país desde entonces.

La “magia” de Lula después de dos derrotas de Cardoso consiste, precisamente, en adoptar como programa del Partido dos Trabalhadores (PT) y sus aliados las directrices de política económica emanadas de aquel pacto. Agregó, obviamente, la “dimensión social”, es decir, la legitimidad de Lula, del PT y de las organizaciones sociales que lucharon durante más de una década en contra de la política neoliberal. Es necesario decir que Cardoso (su candidato era José Serra) no tenía posibilidad de vencer a Lula en 2002 porque el programa de privatizaciones, de endeudamiento del Estado, de apertura de la economía nacional al capital internacional y de la llamada “precarización de la fuerza de trabajo” ya estaba completo. El desgaste político y social del programa del grande capital era enorme y Lula vencería los comicios incluso sin hacer concesiones estratégicas a las clases que formaban el pacto de 1994.

Cuando Lula asumió aquel programa y tuvo a su favor los vientos favorables de la economía mundial capitalista pre-crisis, fue posible incluir bajo “control electoral” a amplios sectores sociales, que recibieron migajas en la forma de programas sociales más o menos amplios y consistentes. Así, Lula incorporó al pacto a los sectores sociales “desorganizados”, es decir, a la amplia masa de trabajadores y trabajadoras. En definitiva, Lula prestó la legitimidad de la “cuestión social” a la política del gran capital. Los precios favorables de las exportaciones permitieron que algo del gran festín burgués también llegara a la mesa de las clases bajas. Admitir esta mejoría relativa no significa reconocer que los cambios estructurales estén finalmente a la vuelta de la esquina como insiste el neodesarrollismo y sus defensores.

Dictaduras, “necesidad histórica”

En los dos casos históricos (el viejo y el nuevo desarrollismo) hay dos obstáculos insuperables para una economía periférica: enfrentar el tema de la soberanía nacional, por una parte, y la llamada “cuestión social”, por otra. Estos límites estructurales no impiden el apoyo o la simpatía hacia medidas económicas y sociales orientadas a combatir la pobreza extrema y la indigencia, pero tampoco pueden ocultar que nunca los dueños del poder acumularon tanta riqueza como en la actualidad.

Poco a poco, las clases bajas descubren en América Latina que el recurso a las dictaduras fue una necesidad histórica de las clases dominantes cuando el nivel de conciencia y las protestas crecieron hasta poner el orden dominante en jaque. Descubren, también, que las democracias pueden ser tan útiles como sistema de dominación para las clases dominantes como en su tiempo lo fueron las dictaduras.

(Transcrevi trechos)