Assaltantes treinados pela indústria do espetáculo

EXPLOSÃO OCULTA
por Nei Duclós

 

nei paisagem

Sem a literatura, o espírito acaba
entrando para as gangs de rua
quadrilhas da religião e da política
assaltantes treinados pela indústria
do espetáculo. ladrões do dinheiro
público, fundamentalistas crônicos
burros com pose de malandros
idiotas em cargos importantes

Sem a literatura, o coração seca
antes do corpo e afunda no mar
da mediocridade explícita, a falta
do amor expressa em cegueira
Não que os livros nos salvem
do destino humano de perder
todas as batalhas ou nos circundem
de uma aura santa, nada disso

A sintonia com almas mediúnicas
nos transporta para outro mundo
este mesmo, mas sem as camadas
que nos tolhem a vista. Revela o sol
que há na lua, a seiva com espuma
a flor de milagrosa cura, a arte
que teus olhos contemplam, musa
e geram a explosão oculta, a poesia

 

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Dos verdadeiros e grandes poetas, o dom da linguagem profética de Nei Duclós

 

nei

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Antonin Artaud: Fragmentos de un diario infernal

Artaud by Man Ray
Artaud by Man Ray

 

Ni mi grito ni mi fievre me pertenecen. Esta desintegración de mis fuerzas secundarias, de esos elementos disimulados del pensamiento y del alma, ¿pueden ustedes concebir, acaso, su constancia?
Ese algo que está a medio camino entre el color de mi atmósfera típica y el despertar de mi realidad.
No tengo tanta necesidad de alimento como de una especie de elemental conciencia.
Ese nudo de la vida al que la emisión del pensamiento se aferra.
Un nudo de asfixia central.
Instalarme simplemente en una verdad clara, es decir que se mantenga sobre uno solo de sus filos.
Ese problema del enflaquecimiento de mi yo no se presenta ya bajo su aspecto únicamente doloroso. Siento que factores nuevos intervienen en la desnaturalización de mi vida y que poseo algo así como una nueva conciencia de mi íntimo debilitamiento.
Veo en el hecho de lanzar los dados y de lanzarme en la afirmación de una verdad presentida, por muy aleatoria que sea, toda la razón de mi vida.
Permanezco durante horas bajo el efecto de una idea, de un sonido. Mi emoción no se desarrolla en el tiempo, no transcurre en el tiempo. Los reflujos de mi alma están en perfecto acuerdo con la idealidad absoluta del espíritu.
Ponerme frente a la metafísica que me he construido en función de la nada que llevo en mí.
De este dolor hincado en mí como una astilla, en el centro de mi más pura realidad, en ese lugar de la sensibilidad donde los dos mundos del cuerpo y del espíritu se unen, he aprendido a distraerme gracias a una falsa sugestión.
En el espacio de este minuto que dura la iluminación de una mentira, me fabrico un pensamiento de evasión, me precipito sobre una pista falsa que mi sangre indica. Cierro los ojos de mi inteligencia y, dejando que hable en mí lo informulado, me brindo la ilusión de un sistema cuyos términos me sería imposible asir. Pero de ese minuto de error me queda el sentimiento de haber hurtado algo real a lo desconocido. Creo en conjuraciones espontáneas. En las rutas hacia las que mi sangre me arrastra no es posible que algún día no descubra una verdad.
La parálisis se apodera de mí y me impide cada vez más volverme hacia mí mismo. Ya no tengo un punto en que apoyarme, una base…, no sé dónde me busco. Mi pensamiento ya no puede ir adonde mis emociones y las imágenes que surgen en mí lo empujan. Me siento castrado hasta en mis más pequeños impulsos. Acabo por ver el día a través mío, a fuerza de renunciamientos en todos los sentidos de mi inteligencia y de mi sensiblidad. Es necesario que se comprenda que es el hombre viviente el que está afectado en mí, y que esta parálisis que me asfixia se encuentra en el centro de mi personalidad corriente y no de mis sentidos de hombre predestinado. Estoy definitivamente al costado de la vida. Mi suplicio es tan sutil, tan refinado como recio. Me son necesarios esfuerzos insensatos de imaginación, multiplicados por el abrazo de esta asfixia sofocante para llegar a pensar mi mal. Y si me obstino así en esta búsqueda, en esta necesidad de fijar una vez por todas el estado de mi sofocación…
Te equivocas al hacer alusión a esta parálisis que me amenaza. Me amenaza, en efecto, y aumenta cada día que pasa. Existe ya y como una horrible realidad. Es cierto que hago aún (pero, ¿por cuánto tiempo?) lo que quiero con mis miembros, pero hace mucho tiempo que ya no gobierno mi espíritu, y que mi inconsciente todo entero me gobierna con impulsos que vienen del fondo de mis agudos dolores nerviosos y del torbellino de mi sangre. Imágenes apresuradas y rápidas y que no le pronuncian a mi espíritu sino palabras de cólera y de odio ciego, pero que pasan como cuchilladas o relámpagos en un cielo cargado.
Estoy estigmatizado por una muerte urgente en la que la muerte verdadera carece para mí de terror.
Siento que la desesperación de esas formas aterradoras que se adelantan está viva. Se desliza en ese nudo de la vida a partir del cual las rutas de la eternidad se abren. Es realmente la separación para siempre. Esas formas deslizan su cuchillo en ese centro donde me siento hombre, cortan las ataduras vitales que me unen al sueño de mi lúcida realidad.
Formas de una desesperación capital (realmente vital),
encrucijada de las separaciones,
encrucijada de la sensación de mi carne,
abandonado por mi cuerpo,
abandonado por cualquier sentimiento posible en el hombre.
No puedo compararlo sino a ese estado en cual nos hallamos en medio de un delirio provocado por la fiebre, en el curso de una profunda enfermedad.
Es esta antinomia entre mi facilidad profunda y mi exterior dificultad que crea el tormento que me hace morir.
El tiempo puede pasar y las convulsiones sociales del mundo devastar los pensamientos de los hombres, yo estoy a salvo de todo pensamiento ligado a los acontecimientos. Que me abandonen con mis nubes apagadas, con mi inmortal impotencia, con mis absurdas esperanzas. Pero que sepan que no abdico de ninguno de mis errores. Si he juzgado mal es culpa de mi carne, pero esas luces que mi espíritu deja filtrar de tanto en tanto son mi carne cuya sangre se recubre de relámpagos.
Él me habla de narcisismo, yo le contesto que se trata de mi vida. Tengo el culto no del yo sino de la carne, en el sentido sensible de la palabra carne. Ninguna cosa me toca sino en la medida en que afecta a mi carne, que coincide con ella, y sólo en ese punto exacto en que la conmueve, no más allá. Nada me toca, nada me interesa sino aquello que se dirige directamente a mi carne. Y en ese momento me habla del Sí-mismo. Le contesto que el Yo y el Sí-mismo son dos términos distintos y que no deben ser confundidos, y que son precisamente los dos términos que se balancean en el equilibrio de la carne.
Siento bajo mi pensamiento la tierra hundirse, y me veo conducido a encarar los términos que empleo sin el apoyo de su sentido íntimo, de su substrato personal. E incluso mejor que eso, el punto en donde ese substrato parece unirse con mi vida se vuelve de repente extrañamente sensible y virtual. Concibo la idea de un espacio imprevisto y fijado, allí donde en tiempo normal todo es movimiento, comunicación, interferencia, trayecto.
Pero esta desintegración que ataca mi pensamiento en sus bases, en sus comunicaciones más urgentes con la inteligencia y con la instintividad del espíritu, no ocurre en el terreno de un abstracto insensible en el que participarían solamente las partes elevadas de la inteligencia. Más que el espíritu que permanece intacto, herizado de puntas, es el trayecto nervioso del pensamiento lo que esta desintegración ataca y desvía de su camino. Es en los miembros y en la sangre que esta ausencia y este estacionamiento se hacen especialmente sentir.
Un gran frío,
una atroz abstinencia,
los limbos de una pesadilla de huesos y de músculos, con el sentimiento de las funciones estomacales que suenan como una bandera en las fosforescencias de la tormenta.
Imágenes larvarias que se empujan como con el dedo y que no están en relación con ninguna materia.
Soy hombre gracias a mis manos y a mis pies, a mi vientre, a mi corazón de animal, a mi estómago cuyos nudos me unen a la putrefacción de la vida.
Me hablan de palabras, pero no se trata de palabras, se trata de la duración del espíritu.
No hay que imaginarse que el alma no esté implicada en esta corteza de palabras que caen. Junto al epíritu está la vida, está el ser humano en el círculo del cual este espíritu da vueltas, unido con él por una multitud de hilos…
No, todos los desgarramientos corporales, todas las disminuciones de la actividad física y esta molestia de sentirse dependiente en su cuerpo, y este mismo cuerpo cargado de mármol y acostado en una mala madera, no igualan la pena que hay en el hecho de estar privado de la ciencia física y del sentido de su equilibrio interior.Que el alma falte a la lengua o la lengua al espíritu, y que esta ruptura trace en las llanuras de los sentidos una especie de vasto surco de desesperación y de sangre, ésta es la gran pena que mina no la corteza o las vigas de maderas sino la TELA de los cuerpos. Se puede perder esta chispa errante de la cual sentimos que ERA un abismo que se apodera de toda la extensión del mundo posible, y el sentimiento de una inutilidad tal que es como el nudo de la muerte. Esta inutilidad es como el color moral de ese abismo y de esa intensa estupefacción, y su color físico es el gusto de una sangre que brota en cascadas a través de las aberturas del cerebro.
Por más que me digan que ese lugar peligroso está en mí mismo, yo participo de la vida, yo represento la fatalidad que me elige y no es posible que toda la vida del mundo me cuente, en un momento dado, junto con ella ya que, por su naturaleza misma, amenaza el principio de la vida.
Existe algo que está por encima de toda actividad humana: es el ejemplo de esa monótona crucifixión en la que el alma no acaba nunca de perderse.
La cuerda que dejo entrever de la inteligencia que me ocupa y del inconsciente que me alimenta deja ver, en medio de su tejido de formas que se ramifican, hilos cada vez más sutiles. Y es una nueva vida que renace, cada vez más profunda, elocuente, enraizada.
Jamás podrá esta alma que se ahorca dar alguna precisión, ya que el tormento que la mata y la descarna, fibra tras fibra, ocurre por debajo del pensamiento, por debajo de ese lugar al que puede llegar la lengua, puesto que es la ligadura misma de lo que la hace y la mantiene espiritualmente aglomerada, lo que se rompe a medida que la vida la llama a la constancia de la claridad. Nunca habrá claridad respecto a esta pasión, a esta especie de martirio cíclico y fundamental. Y sin embargo vive, pero con una duración con eclipses en la que lo huidizo se mezcla perpetuamente a lo inmóvil, y lo confuso a esa lengua aguda de una claridad sin duración. Esta maldición posee una alta enseñanza para las profundidades que ella ocupa, pero el mundo no oirá la lección.
La emoción que conlleva la eclosión de una forma, la adaptación de mis humores a la virtualidad de un discurso sin duración es para mí un estado mucho más precioso que la satisfacción de mi actividad.
Es la piedra de toque de ciertas mentiras espirituales.
Esa especie de paso atrás que da el espíritu más acá de la conciencia que lo fija, para ir en busca de la emoción de la vida. Esa emoción que reside fuera del punto particular en que el espíritu la busca, y que emerge, recién moldeada, con su densidad rica de formas; esa emoción que le da al espíritu el sonido conmovedor de la materia; toda el alma se desliza en su molde y pasa en su fuego ardiente. Pero aún más que el fuego, lo que transporta al alma es la limpidez, la facilidad, lo natural y la glacial candidez de esa materia demasiado fresca cuyo soplo contradictorio es ya caliente ya frío.
Aquel sabe lo que la aparición de esa materia significa y de que subterránea masacre su eclosión es el precio. Esa materia es la medida de una nada que se ignora.
Cuando me pienso mi pensamiento se busca en el éter de un nuevo espacio. Estoy en la luna como otros están en su balcón. Participo de la gravitación planetaria con las grietas de mi espíritu.
La vida va a hacerse, los acontecimientos van a desarrollarse, los conflictos espirituales van a resolverse, y yo no participaré en nada de eso. Nada tengo para esperar, ni del lado físico ni del lado moral. Para mí es el dolor perpetuo y la sombra, la noche del alma, y ni siquiera tengo una voz para gritar.
Dilapiden sus riquezas lejos de este cuerpo insensible al que ya ninguna estación, ni espiritual ni sensual, le hace nada.
Yo he elegido el terreno del dolor y la sombra como otros eligen el del resplandor y el de la acumulación de la materia.
Yo no trabajo en la extensión de ningún terreno.
Sólo trabajo en la duración.

7 capa artaud

 
Traducción de Miguel Ángel Frontán.

 

Dicionário Amoroso do Recife sucesso de vendas

O sucesso começou na noite de autógrafos do lançamento do livro, dia 28 de março último.

Reportagem da Tv Pernambuco anunciou: Dicionário Amoroso do Recife, “um livro que não foi escrito com a cabeça, mas com o coração”.

 

 

Por que tão esperado o Dicionário Amoroso? “Por que um livro sob encomenda para um amante do Recife”.

 

Sobre o livro, o maestro SPOK falou:

“Em muitos capítulos, eu me senti como se estivesse vendo o Recife. Ou então falando do Recife para os recifenses, e também para qualquer pessoa de fora, em São Paulo, no Rio, ou de fora do Brasil.
Eu li o que Urariano Mota escreveu para Nelson Ferreira como uma aula de mestre sobre um dos gênios do carnaval pernambucano. Em várias páginas do dicionário, tem hora que dá vontade de chorar, tem hora que dá vontade de rir, quando ele fala das histórias e pessoas do Recife.
Como na história engraçada de uma entrevista com Ariano Suassuna. Como na parte de Antonio Maria, no diálogo com um guia turístico no Recife Antigo. Como no Sotaque do Recife também. E na história dos velhinhos no ônibus, em Gente do Recife.”
De A até Z, o livro é um passeio pelas Igrejas, pela primeira Sinagoga das Américas, pelos terreiros, pelos mercados públicos, pelo elogio emocionante dos heróis do povo da cidade. Um dicionário da humanidade do Recife.

 

O AUTOR

Urariano Mota
Urariano Mota

 

A FILA

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OS AUTÓGRAFOS

auto

auto 3

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autografando o livro para Hugo Cortez

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dic talis

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NOVOS LEITORES

jovem 1

jovem 3

Estudantes de Letras da UFPE
Estudantes de Letras da UFPE

PRESENÇAS

Leonardo Filho assina as ilustrações do Dicionário Amoroso
Leonardo Filho assina as ilustrações do Dicionário Amoroso
Entrevistado pela Rádio Folha
Entrevistado pela Rádio Folha
Maestro Spok escreveu a orelha do livro
Maestro Spok escreveu a orelha do livro
Com a esposa Francêsca
Com a esposa Francêsca

Lançamento do Dicionário Amoroso do Recife

amanhã urariano

“Quem é do Recife, quem já viveu no Recife ou quem passou um tempo no Recife, sempre dirá: eu tenho um caso pessoal com esta cidade”.

O Dicionário Amoroso do Recife é obra de toda uma vida na cidade, “um lugar possuidor de visco e modo de ser” que acompanhou e acompanha Urariano Mota sempre.

No Dicionário, os significados vêm “na nuvem da memória e do sentimento. A memória a falar daquilo que a marcou. Falando para todos os humanos a humanidade do Recife”.

Dicionário Amoroso do Recife

Amanhã, sexta-feira, às 19 horas, na Livraria Cultura, no Paço da Alfândega, no Recife Antigo, o romancista Urariano Mota estará autografando o Dicionário Amoroso do Recife.
O Dicionário é fruto de um escritor que ama a cidade acima de tudo. Não foi à toa que o grande maestro Spok, o cara e a cara do frevo renascido, se referiu ao livro como se visse o Recife falando para os recifenses e para qualquer pessoa de fora, no Rio, em São Paulo, ou além das fronteiras do Brasil. Como um novo Pernambuco falando para o mundo.
De A até Z, o livro é um passeio pelas Igrejas, pela primeira Sinagoga das Américas, pelos terreiros, pelos mercados públicos, pelo elogio emocionante dos heróis do povo da cidade.
Um dicionário da humanidade pernambucana. Da gente do Recife, “da encantadora gente do Recife, que às vezes sufoca a gente de emoção e ternura, de um carinho que rasga o solo como uma flor no asfalto duro”.
De Eutanasinha, a criança flagrada na inocência da fantasia de princesa do carnaval. De Clarice Lispector a ver o frevo na rua. Da descoberta de uma qualidade rara em Dom Hélder Câmara. E muitas homenagens, recuperação de pessoas ilustres e queridas do Recife, desta vez salvas para sempre como exemplos e modelos de pessoas da cidade.
Quem? Não perguntem quem, perguntem como são e vivem essas pessoas. Do ser que são virá a sua fama.
Humor, poesia, drama, como de resto é feita uma cidade grande cujo crescimento se dá na memória e no afeto.
E mais: o novo centro do Recife.
E qual o gênero da cidade? Recife é macho ou fêmea?
Revelações como a passagem de Gagárin no Recife, a origem do nome Zumbi para um bairro. E as mulheres do Marrocos, o teatro de sexo do sonho dos meninos. O Mercado da Boa Vista. As redações do Recife, lembrando nomes que os jovens fotógrafos e jornalistas nem sabe que existiram.  Eis o trecho de um verbete:

“No registro cotidiano do Recife, muito espanta hoje o seu sentido de flagra, mais rápido que o de um fotógrafo de esporte no momento do gol. No precioso arquivo de Olegária, aparecem ladrões meninos ou adultos no instante do furto. Como se fosse de repente, naquele momento tão suave e sub-reptício que ninguém vê, Wilson mostrava em preto e branco os dedos escorregando em uma bolsa de mulher, no centro do Recife. O seu flagrante não media conveniências. Flechava, ou melhor, flashava meninos miseráveis, sem banheiro no mocambo, defecando à luz do dia em um canal da cidade.

Olegária nos contou que tamanha era a intimidade do pai com famosos, que ele chegou a fotografar misses de Pernambuco nuas. Para nossa infelicidade não restaram as provas, porque Wilson, honestíssimo, devolvia os negativos às donas. (O que eram os costumes secretos e a gentileza do fotógrafo.) Ele trabalhou no Jornal do Commercio, Diário de Pernambuco e Folha da Manhã.“

Este é um Dicionário para o Recife “que está mais em seu povo que em todos os monumentos, pontes, rios e edifícios. Aquela cidade que vista de cima, no avião que chega, acende um calor, uma alegria e uma felicidade sem palavras, somente fogo íntimo”.
“Estamos de volta, Recife”, e quem volta suspira em silêncio, pouco importando se esteve fora um mês, um ano ou dois dias.

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amanhã urariano

VOCÊ TEM UM ENCONTRO MARCADO COM URARIANO MOTA

Urariano Mota

A vida e seus desafios em “O filho renegado de Deus”, romance de Urariano Mota

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Em O filho renegado de Deus, romance recém publicado pela Bertrand Brasil, Urariano Mota conta, com cores fortes, a luta do povo trabalhador em busca da “química da vida” e da dignidade como pessoas.

Por José Carlos Ruy

“Então ele não findou. Então ele saiu do cemitério sabendo que os tempos agora se uniam, de 2013 a 1958. Filho que era daquela Maria agoniada, nunca havia sido filho de Deus, apenas o seu renegado. Os tempos agora se ligavam como uma rebeldia. E para os rebeldes jamais existirá um fim”.

Este é o parágrafo final de um dos mais surpreendentes romances da nova safra: O filho renegado de Deus, de Urariano Mota (que a Bertrand Brasil acaba de publicar). O parágrafo funciona como a chave de ouro de um soneto, e ajuda a decifrar o significado da narrativa. Permite também localizar o narrador que, ao longo do romance, muitas vezes é proustianamente fugidio – ora é o menino Jimeralto e suas andanças ai por 1958, ora é o Jimeralto sessentão que remoe as lembranças da meninice, ou então é Pedro, nome de guerra assumido durante a clandestinidade, sob a ditadura, na década de 1970.

As pontas do tempo e da memória se juntam naquele cemitério, e remetem ao passado composto pela história do povo trabalhador que ocupava a Vila Alegria – um beco de casinhas improvisadas, minúsculas, à beira da Avenida Nova do Recife, onde Jimeralto menino aprendeu a olhar a vida e a luta implacável pela sobrevivência e, sobretudo, pela conquista do reconhecimento da dignidade de cada um.

Há uma coletânea, publicada há alguns anos, cujo título é Os pobres na literatura brasileira, que se refere a uma galeria não muito extensa de personagens, que fica ainda menor quando se trata de autores que tiveram a vivência pessoal das histórias que narram. Não que isso seja determinante. A qualidade da narração vem primeiro da empatia e da capacidade de “colocar-se no lugar” do outro, do que propriamente da vivência direta (embora Graciliano Ramos insistisse na importância dessa vivência).

O filho renegado de Deus enriquece essa galeria com histórias que denotam o “pôr-se no lugar” do outro e também a vivência do narrado. Traz um conjunto de personagens memoráveis – os Valfridos, Cecílio, Manoel de Carvalho (o “espírito”), Maciel, o tio. As inúmeras Marias (das Dores, da Conceição, dos Prazeres, da Silva, de José, de Totonho, do Zezo, ou as que “se tornavam identidades de uma só pessoa pelas casinhas onde moravam”) andam juntas com Esmeralda, Lúcia, Geraldina, Lídia… e tantas mulheres para as quais a feminilidade “era um sofrimento”.

No beco moravam trabalhadores que pegavam pesado no cais do Recife. Que enfrentavam a “química da necessidade” regulando o leite, o pão, o açúcar, o café, tirando o máximo do dinheiro escasso. Pobres de subúrbio nos quais a “química da necessidade” fazia de toda manifestação de carinho e humanidade prova de fraqueza, típicas de fêmea ou sinalizadoras de caráter pouco macho dos homens, sintoma “de efeminado, que até nas mulheres era feio”.

Maria e Filadelfo compõem, desde agora, a galeria dos “pobres na literatura”. Maria que, na opinião dos demais, “era o que era”, isto é, “sua pessoa física apenas, carnes, ossos e roupas”, somente a “mulher – e aqui vai um gênero e universo de entendimento bárbaro -, gorda, baixinha, com um aspecto, ar, que não devia ser o da sua condição”.

Fora do padrão de beleza dominante, “não passava de ser uma ‘albacora’”, peixe que não era a “dieta ideal para os comedores de carne bovina”, só fazendo parte do cardápio “nas sextas-feiras santas, em sinal de penitência”.

Maria era mulher, contudo, que não aceitava – isso “me repugna” – “qualquer piedade para a sua condição”. Antes, era “mulher brava, de coragem e de raiva”, brava como aqueles que “os fracos não temem, porque sabem que essa bravura se dirige somente contra o injusto mais forte”. Mas mãe carinhosa de quem o Jimeralto adulto lembraria como sendo, para ele, “absoluta suavidade”.

Filadelfo, o marido, o pai, era o oposto. Formado na pedagogia da dor, era duro e violento. Mulato escuro, cujo pai – desconhecido – era um português e a mãe, negra, prostituta, descendente de escravos. Era “filho do chicote com uma negra”, atarracado, “baixo, menos por gênese que pela fome passada na infância”. Trabalhava no cais onde começou a aprender com marinheiros estadunidenses o idioma inglês que o distinguiria entre os seus e mesmo entre a elite branca do Recife por falar melhor que eles o idioma do dominador.

Dom traduzido em bens simbólicos – dólares, cigarros, uísque, camisas de estampas coloridas – que prometiam a ascensão mulata que embranquecia o negro pelas que “punha a seu redor: casas, dinheiro, roupas, mulher branca ou tida como branca”.

O relato entra, neste ponto, numa descrição crua, e sensível, do dominante e disfarçado (envergonhado?) racismo brasileiro. “Juntar coisas que por tradição eram de branco” fazia do mulato “um branco meio impuro branco”. Ao contrário do “negro de alma branca”, um mulato de posses era um “branco de epiderme por acréscimo”.

Com esta expressão de fina literatura, Urariano Mota formula a crueza do racismo brasileiro onde os sinais de ascensão social fazem da pele escura do mulato uma espécie de roupa com a capacidade de mudar a cor da pele daquele ser humano…

Mas Filadelfo era obrigado a ocupar “seu lugar”, o lugar do negro. Só podia entrar nas mansões pela porta dos fundos; indicado para ser o guia do americano Ted Kennedy que, com a mulher, visitava o Recife, enfrentou mas não engoliu a designação de “macaco” e, altivamente, deixou o casal na mão, recusando o serviço que muitos cobiçam. “Quanta petulância pra um mundo fundado e assentado na desigualdade”.

O que une Maria e Filadelfo, as Marias, Valfridos e tanta gente, é a busca da dignidade. Este é o segredo que faz de O filho renegado de Deus um romance que se destaca e cuja leitura se impõe.

Conta a história de gente tão pobre cuja existência deixa escassos traços materiais, como fotografias e outros documentos. O registro de sua existência fica na memória! Urariano Mota permite recordar, neste ponto, uma passagem do discurso pronunciado por José Saramago na Academia Sueca, ao receber o Nobel de literatura. O escritor português garantiu, então, que todos os homens têm suas histórias, embora nem todas sejam contadas.

Urariano Mota faz a sua parte. Num livro anterior, Soledad no Recife (2009) contou a história de Soledad Barret, a militante comunista de origem paraguaia torpemente assassinada. Em O filho renegado de Deus conta história semelhante, de gente que não tem o reconhecimento da heroína morta pela repressão em 1973 mas que, na outra ponta da luta contra a opressão, busca resolver anonimamente a “química da vida” e alcançar o reconhecimento de sua dignidade de seres humanos.

Mas Urariano Mota não se ilude; não confunde a vida imaginada no pensamento, com o vivido. “A vida não era conceito”; ela “sempre pula do conceito, a vida é mais magnifica e surpreendente que o maior e melhor enquadramento dialético”. Com este material e esta certeza, produziu um romance memorável.

Urariano Mota renegado

Urariano Mota está autografando um novo livro o Dicionário Amoroso do Recife neste 28 de março, às 19 horas, na Livraria da Cultura, no Paço da Alfândega. Leia mais

“O Filho Renegado de Deus” no Recife

O lançamento no Recife do novo romance de Urariano Mota

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Abdias Moura, escritor e mestre de várias gerações de jornalistas
Abdias Moura, escritor e mestre de várias gerações de jornalistas
O autógrafo precioso
O autógrafo precioso
Urariano Mota tem convites de várias capitais do Brasil para autografar seu novo romance
Urariano Mota tem convites de várias capitais do Brasil para autografar seu novo romance

por Maria Inês Nassif

Jimeralto é O filho renegado de Deus, o personagem atormentado que se mistura com o narrador preciso da miséria humana. Por meio dele, Urariano Mota percorre com singular habilidade vidas que se expõem a todos, sem qualquer privacidade, em 10 casinhas que se amontoam num beco, no Recife dos anos 50. O adulto Jimeralto narra seu mundo da infância em 2012, num acerto de contas com um passado profundamente ofendido pelo preconceito. Por esse mundo trafegam homens embrutecidos – antes pelo preconceito do que pela pobreza – e mulheres brutalizadas por seus homens. Ou homens que também se deixaram enternecer por mulheres.

Mas, antes de tudo, os personagens são a mãe, que apenas poderia se chamar Maria, tal a candura e a carência, e o pai, Filadelfo. A mãe que abdica dos prazeres da vida, do sexo, do amor, num casamento pobre como o dela, desalentador como sua vida; mas a Maria que, mesmo falecida quando o filho tinha oito anos, aos 29 anos, é a mesma que abriu a ele as primeiras visões do prazer sexual: o seio farto que o amamentou até menino; as carícias de mãe, inocentes, que ainda assim deram vida ao seu sexo ainda pequeno, quando isso apenas era um prenúncio de prazeres adultos.

O pai, insensível, fecha-se na dureza de sua alma: priva do amor a mulher e o filho, compensa sua origem de neto de escrava com putas louras, castiga, é vítima e alimenta preconceitos. Mas, ao mesmo tempo, tem visões e recebe reprimendas do padrinho morto. “O que você fez de sua vida, menino?”, pergunta a visão.

Urariano, na sua narrativa, estabelece uma linha tênue entre o amor sublime e o desejo, entre o afeto e o sexo. Às vezes, o sexo substitui o amor sublime, como no caso da vizinha Esmeralda, uma ninfomaníaca que acaba trazendo o conhecimento do prazer sexual à vida das crianças do beco, pouco protegidas pelas paredes finas e pelos cômodos reduzidos de suas casas, que se empilhavam com as de seus vizinhos. Às vezes, o amor se confunde com o sexo, como na ligação de Maria com o irmão gêmeo, homossexual. Maria é apaixonada pelo irmão, conclui Jimeralto. Embora o sexo seja uma impossibilidade, ela o ama porque ele é o homem da sua vida que é igual a ela. Não é a autoridade que se impõe pela força. É a possibilidade da conversa, da gargalhada, do sorriso. E é o seu amor porque as pessoas têm uma necessidade irrefreável de amar, diz o autor.

“Ama-se um gato, ama-se um cachorro, um papagaio, uma flor que ninguém quer ou vê. Talvez esse amor que deriva e vaga por objetos e coisas que não respondem, ou respondem abaixo da fome de amar, talvez sejam os sintomas do afeto que procura no mundo um indivíduo que lhe responda. Ou, quem sabe, o amor elástico, amplo e plástico onde tudo cabe”.

Urariano Mota faz o percurso de volta, da maturidade à infância, na vida de um ex-preso político, mergulhando o leitor numa rara riqueza de personagens e sentimentos, profundos e contraditórios. O amor e o ódio são um dado na vida de Jimeralto, mas ambos são sentimentos profundos, com os quais o personagem tem de lidar. O acerto de contas acontece em torno do caixão da mãe – em cenas oníricas onde ele, Jimeralto, reconstitui o amor que nutre por uma Maria que morreu quando ele tinha oito anos, e da qual pouco se lembra até que refaz essa trajetória; e o pai estampa o amor que nutre pela mulher morta, enterrada com um filho frustrado na barriga, em crises de arrependimento.

Urariano Mota, autor de Soledad no Recife, mantém a centralidade da figura feminina, como no seu romance anterior. Maria e Soledad são fortes e ternas. A coragem e a ternura mais uma vez se unem como qualidades femininas acossadas pelo desprezo de companheiros frios. Maria e Soledad, todavia, sabem amar “aquele amor elástico, amplo e plástico, onde tudo cabe”.

O baixo nível (ou má-fé?) das reportagens policiais da TV

por Moacir Japiassu

Professora em São Paulo, Analu de Freitas Barros escreve de sua casa em Pinheiros para reclamar do que vê e, principalmente, do que escuta sempre nos telejornais:

“É tão impressionante a ignorância (ou má-fé?)  dos repórteres que eles não encontram palavras para denominar os personagens de suas reportagens. Parece que é proibido dizer que ladrão é ladrão, assaltante é assaltante; não existem bandidos ou assassinos no paupérrimo vocabulário deles.

Para nós telespectadores, muitos e muitos dos quais vítimas de criminosos, ouvir repórter chamá-los de ‘rapazes’, é, no mínimo, falta de respeito. Ora, rapazes são nossos filhos e netos! Será que esse absurdo não passa pela cabeça dos chamados ‘profissionais da imprensa’?

E nem vou falar da falta de imagens nítidas dos marginais presos, porque os rostos não aparecem. Amanhã, bate na porta de sua casa o mesmo bandido que estava na reportagem da TV e você pensa que é um ‘rapaz’ do bem…”

Paciência...

Aliás, e a propósito, o considerado Eduardo Almeida Reis, maior cronista diário da imprensa brasileira, escreveu em sua coluna do Estado de Minas:

“(…) Jornalistas que vivem do sangue aparecem mais cedo, no final da tarde, ficando na telinha cerca de duas horas.

São muito repetitivos, não só nos comentários como também por exibir as mesmas matérias diversas vezes no mesmo programa, com reedições nos dias seguintes. Até aí, tudo bem: estão na tevê porque há público, portanto patrocinadores. As televisões e os seus apresentadores vivem disso.

Se me permitissem palpitar, pediria que tomassem cuidado na adjetivação e no adverbiar os fatos delituosos. Seus comentários nunca se esquecem de dizer que o crime foi lamentável, como se houvesse crime louvável, elogiável, recomendável. Todos são cruelmente assassinados, talvez para distinguir dos homicídios amavelmente praticados. O negócio vai por aí e dá ibope. Paciência.

Escândalo gaúcho

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O colunista encontrou meios de multiplicar as horas do dia para não adiar a leitura do livro do considerado Celito De Grandi, intitulado Caso Kliemann – A história de uma tragédia, raríssima reportagem policial escrita com o talento  literário que a transforma num verdadeiro romance.

Celito, um dos maiores jornalistas e escritores do Brasil, conta a história de um crime ocorrido em junho de 1962, em Porto Alegre, quando a mulher de um deputado estadual foi encontrada morta e o marido logo apontado como suspeito do crime.

Repórter na época, o autor do livro acompanhou o dia-a-dia do escândalo, e, décadas mais tarde, com a precisão da memória, as pesquisas sobre aquele tempo e a colaboração das três filhas do casal Kliemann, Celito pôde recriar as cenas que, estas sim, abalaram a sociedade gaúcha.

No prefácio de Caso Kliemann – A história de uma tragédia, disse outro escritor do primeiríssimo time, Luiz Antonio de Assis Brasil:

“O Rio Grande precisava deste livro para acertar contas com seu passado.”

Transcrito do Jornal da ImprenÇa. Leia mais