“A Internet pode ajudar o jornalismo a ser mais profundo e mais sério”

press-and-money jornalista imprensa

 

O objectivo é mesmo provocar – diz o jornalista do PÚBLICO Paulo Moura, coordenador da conferência internacional, que pretende levar centenas de estudantes, jornalistas e “todos que acreditam no jornalismo” à Escola Superior de Comunicação Social, em Lisboa. “Há quem pense que o jornalismo está superficial e vai desaparecer por causa da Internet, nós queremos justamente mostrar o contrário que o jornalismo pode ser ainda mais profundo e mais sério com as ferramentas que a tecnologia trouxe”.

Estarão em Lisboa, desta sexta-feira até domingo, além de jornalistas e directores dos media portugueses, jornalistas e especialistas de vários países, principalmente dos EUA onde há mais novas experiências envolvendo os jornalismos narrativo e literário na Internet, que, segundo Paulo Moura, “quando aplicados ao formato digital, podem abrir enormes possibilidades”.

Mark Kramer – que fundou o programa para jornalismo narrativo da Fundação Nieman, na Universidade de Harvard – vem a Lisboa falar sobre jornalismo literário e não tem dúvidas de que o género tem um importante papel a desempenhar na realidade digital. Agora e no futuro. “Não importa qual é a tecnologia”, diz ao PÚBLICO. “O jornalismo literário pode ser muito, muito preciso e até mais informativo [do que o jornalismo comum], mantendo a integridade e a autenticidade.”

“A brevidade [dos artigos] não importa”, continua. “Quando se diz que o jornalismo online deve ser feito com textos curtos, é com base na ideia de que é desconfortável ler textos longos no computador. Mas já é mais confortável no iPad. E ainda mais no Kindle.” Para o escritor residente na Universidade de Boston, a tecnologia está a ajudar a esbater as diferenças entre os diferentes suportes em que se tem feito jornalismo – e assim vai continuar.

Kramer já publicou no New York Times, na National Geographicou na Atlantic Monthly, mas sublinha que é dos títulos mais pequenos e independentes que tem vindo muita da inovação. “É simplesmente impressionante” a quantidade de novos títulos a fazê-lo, juntamente com alguns dos maiores e mais importantes jornais do mundo. É também por isso que acredita que o jornalismo literário, sobretudo o que é feito através de narrativas multimédia, será lucrativo.

Amy O’Leary, do The New York Times, é outro dos nomes internacionais da conferência, que conta com 36 oradores e se divide sete mesas redondas e 14 conferências. O tema de abertura são as novas fronteiras do jornalismo digital.

“Quando havia escassez de boa informação no mundo (e um vasto público sedento dela), o jornalismo parecia ser uma indústria muito segura, com um futuro risonho”, diz Amy, em declarações ao PÚBLICO. “Chegados a este ponto da história humana, estamos a consumir mais media do que alguma vez aconteceu. Agora, o jornalismo tem de competir com muitas outras formas de entretenimento e informação pela atenção e pelo tempo do público. A surpresa pode ser uma excelente maneira de captar a atenção de alguém e de a manter”, adianta a jornalista, que vai também encerrar os três dias de debate respondendo à pergunta de como tornar o jornalismo viciante.

 Hugo Torres
 
 

El periodismo necesita corazón

Pascual Serrano
Revista Pueblos

“El verdadero periodismo es intencional: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo”. Ryszard Kapuściński. Declaraciones en un encuentro con Maria Nadotti en Capodarco di Fermo (Apulia-Italia), 27 de noviembre de1999.

En los últimos tiempos el debate sobre el periodismo se limita a discutir sobre el formato y la presentación. “Sustituyen el problema del contenido por la cuestión de la forma, colocan la técnica en lugar de la filosofía. Sólo hablan de cómo redactar, cómo almacenar, cómo transmitir algo. Pero qué redactar, qué almacenar y qué transmitir, de eso ni una palabra. El punto débil de estas manifestaciones radica en que a través de ellas, en lugar de discusiones sobre el contenido, el espíritu y el sentido de las cosas, no nos enteramos más que de los nuevos y deslumbrantes avances técnicos conseguidos en el terreno de la comunicación” – Así lo percibía Ryzard Kapuściński hace casi diez años y ahora esa sensación es mucho más evidente.

Hubo un tiempo, allá en el siglo XIX, en el que el periodismo y los periódicos eran, básicamente, pasquines de lucha y combate político. Los periódicos, la radio, la televisión en sus inicios, eran instrumentos de diversos partidos y fuerzas políticas en lucha por sus propios intereses. Así por ejemplo, en Francia, Alemania o Italia, todos los partidos e instituciones relevantes tenían su propia prensa. La información, para esa prensa, no era la búsqueda de la verdad, sino ganar espacio y vencer al enemigo particular. Ese modelo puede ser saludable para la libertad de expresión y el debate de las ideas, pero nadie lo defenderá como el más idóneo para el conocimiento de los hechos. Pero aquello ya forma parte del pasado, y se podría decir que hoy estamos en el polo opuesto, el principal argumento que esgrimen los directivos de los medios de comunicación y los popes de la prensa es que ofrecen información neutral y equilibrada. Sus banderas, dicen, son la objetividad y la imparcialidad.

El culto a la objetividad provoca que los reporteros que presencian tragedias y sufrimientos cuyos responsables están perfectamente identificados vean que sus crónicas terminan llegando al público descafeinadas y desteñidas tras atravesar los filtros de los jefes de redacción y los directivos de despacho. La objetividad se ha convertido en elemento de culto para evitar enfrentarse a verdades desagradables o disgustar a una estructura de poder de la que dependen los medios de información para obtener beneficios o incluso sobrevivir.

Ese culto transforma a los reporteros en observadores neutrales o voyeurs. Si trabajan en televisión prácticamente se han convertido en webcams que no expresan nada, y si escriben se dedican a transmitir fríamente datos y números que no ayudan a comprender los acontecimientos. El periodismo actual destierra la empatía, la pasión y el afán de justicia. A los reporteros se les permite mirar, pero no sentir, ni hablar con su propia voz. Actúan como “profesionales asépticos” y se consideran científicos sociales desapasionados y desinteresados. Los nuevos profesionales tienen pánico a insinuar un mínimo de posicionamiento ante cualquier acontecimiento. O lo que es peor, reproducen las líneas informativas y editoriales señaladas por sus superiores y las agencias para no ser marcados ideológicamente. Así creen ser neutrales, pero no lo son, simplemente se convierten en operarios despersonalizados y desideologizados que abandonan cualquier iniciativa y principios.

Equidistancia… ¿Con respecto a dónde?

Otro pilar en el que se fundamenta el mito actual de la ética periodística es de la equidistancia. Se defiende con el argumento de la necesidad de presentar todas las versiones de un hecho y todas las posiciones ante un acontecimiento. La tópica idea de que, ante un determinado hecho, para realizar una labor exquisita de periodismo objetivo hay que informar de lo que dicen ambos bandos debilita el verdadero periodismo. No es verdad que la verdad se sitúe a mitad de camino de dos puntos de vista contrapuestos.

Hace unos años observé en televisión la noticia sobre un derrame de fuel provocado por un barco encallado en Algeciras. El periodista afirmaba que, según los ecologistas, el crudo estaba sólo a un kilómetro de la costa, y según el gobierno español todavía estaba a tres kilómetros. El informador estaba convencido de que había aplicado un criterio de pluralidad y equilibrio porque recogió la versión de dos partes contrapuestas, y no se daba cuenta de que simplemente incumplió su responsabilidad como periodista, que consistía en comprobar personalmente el derrame e informar a la audiencia de su ubicación en lugar de recoger dos versiones de las que, al menos una, no era verdad. En otras ocasiones asistimos a un periodismo que se limita a recoger una denuncia de corrupción de un político y el desmentido del político acusado. El periodista se presenta así como plural y queda bien con todas las partes: ha recogido la versión de todos. Pero, una vez más, el ciudadano se queda sin saber si hubo corrupción o una acusación injuriosa. Lo único que ha habido es la cobardía de una profesión que no busca la verdad y que, incluso conociéndola, no se atreve a posicionarse.

Según el modelo que se está promoviendo, un refugiado de la Alemania nazi que apareciera en televisión diciendo que en su país están sucediendo monstruosidades debería ir seguido de un portavoz de los nazis afirmando que Adolf Hitler está logrando llevar al país al mayor nivel de desarrollo nunca conocido, escribió el ex columnista de The New York Times Russell Baker. Desde este punto de vista, y en aras del equilibrio, tras una agresión neonazi deberíamos recoger la reacción de las víctimas y también la del grupo neonazi.

El redactor adopta la postura de Poncio Pilatos en versión periodística, en lugar de lavarse las manos ante el crimen, reproduce lo que dice el criminal y la víctimas y se queda satisfecho y a cubierto de las críticas. Un periodismo honesto y valiente requiere que el periodista asuma el rechazo seguro que suscitaría en una determinada parte de la población la toma de posición ante un determinado hecho y quizás ignorar a la que intenta justificar un crimen o se funda en un dato falso. Para evitar el esfuerzo o la indignación de una parte del público, si alguien afirma que Hitler es un ogro, nuestro periodista virginal mostrará al instante a otra persona que dice que Hitler es un príncipe.

Transcrevi trechos. Leia mais. Jornalismo se faz com coragem e sonho, conforme o lema deste blogue, editado por quem tem uma vivência de mais de 60 anos de profissão.

“Estamos haciendo un periodismo de Pilatos: `Yo me lavo las manos y ya está”.

 

Entrevista al periodista Pascual Serrano

Bueno, yo creo que el periodismo se encuentra ahora mismo sumergido en una crisis de valores, de principios. Los poderes económicos, desgraciadamente, están acabando con nuestra profesión. Y esto se ve todos los días: no tenemos más que encender la televisión o la radio o leer el periódico para comprobar que se está haciendo un periodismo que tiene por objetivo contentar a los accionistas de los medios de comunicación y a las empresas que invierten en publicidad.

Es decir, se hace periodismo para que sea rentable y para que tenga mucha audiencia. Y, claro, conlleva que la profesión esté en un círculo perverso que difícilmente se va a detener.

Sí, sí podría tener marcha atrás. Pero para eso hace falta que los poderes públicos apuesten por un buen periodismo. El ejemplo lo tenemos en América Latina. Allí, los gobiernos están cambiando la legislación, de tal manera que –por ejemplo, en Venezuela y en Ecuador– las entidades financieras no puedan ser accionistas de los medios de comunicación. En Argentina y en Ecuador también se están poniendo en marcha medidas de este tipo.
Yo creo que un periodista debe dar rigor, contexto y pluralidad a su trabajo y también implicarse más con la sociedad. Deberíamos dedicarnos a hacer periodismo al margen del mercado.

Como saben que la gente desconfía de los medios, éstos intentan marcar una distancia ridícula para presumir de objetividad y de rigor. De sobra sabemos, por ejemplo, que en muchos editoriales se escribe eso de “dice la gente que”, cuando en realidad el que lo dice es el mismo periódico, que no se atreve a dar su opinión.

Entonces yo creo que, muchas veces, el periodista es un ensamblador de declaraciones y un jugador de la equidistancia para quedar bien con todo el mundo. Estamos haciendo un periodismo de Pilatos: “Yo me lavo las manos y ya está”.

Claro, me refiero a esos periodistas que dan 2 informaciones incompatibles (una verdadera y otra falsa) para no mojarse. Por ejemplo, el periodista que está junto a una familia iraquí que ha sido bombardeada por la OTAN y dice en su información: “Hay 2 versiones, la de la familia, que dice que ha sido bombardeada por la OTAN, y la oficial, que asegura que han sido terroristas”. ¡Pero bueno! Así no nos enteramos de nada.

Me refiero a que el periodista debería despertar la indignación cuando vemos que la OTAN ha matado a media familia que estaba celebrando una boda, por seguir con el ejemplo de antes. Hay que expresar esa rabia.Yo me sorprendo cuando veo que el mismo periodista que hace este tipo de noticias, luego escribe en el Twitter: “¡qué hijos de puta los de la OTAN, que han bombardeado a esta gente!”

(Trancrevi trechos. Leia mais. Entrevista concedida à jornalista a Luisa Segura Albert

RTVE.es)