Papa Francisco: “La verdadera paz es un compromiso cotidiano”

Desde que fue elegido pontífice en marzo pasado, Bergoglio trató de cambiarles la cara a los organismos de la Santa Sede y de acercarlos a las necesidades de la gente. En pocos meses, destituyó a las autoridades del Banco Vaticano.

 

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por Elena Llorente
Desde Roma

El 2013 será recordado, por la historia y por la Iglesia Católica, como el año de los dos papas, Benedicto XVI y Francisco, y el año en el que el primer papa venido “del fin del mundo” quiso revolucionar –y tal vez lo consiga– el gobierno de la Iglesia y su sede en Roma. Es que desde que fue elegido pontífice, el 13 de marzo pasado, Jorge Mario Bergoglio empezó a dar vuelta como un calcetín los organismos de la Santa Sede para tratar de cambiarles la cara y de acercarlos a las necesidades de la gente. Como el IOR, el Banco Vaticano, que ha sido motivo de varios escándalos financieros en los últimos años. En pocos meses destituyó a sus autoridades, hizo publicar por primera vez su balance y tiene a una comisión trabajando sobre el asunto.

Pero el 2013 también será recordado como el año en que un papa comenzó su pontificado levantando como bandera a los pobres. En su primera aparición ante la prensa internacional a los pocos días de su elección dijo una frase que a muchos dejó con la boca abierta: “Cómo me gustaría una iglesia pobre para los pobres”. Pocos papas, que se recuerde al menos, debutaron hablando de la necesidad de una Iglesia pobre. Es que cuando se entra al Vaticano sorprenden los cortinados majestuosos, las escaleras del palacio real, las paredes llenas de pesadas decoraciones y dorados, el lujo de esos palacios construidos a lo largo de varios siglos. Hay quienes aseguran que muchas de esas decoraciones se hicieron con el oro de América que los reyes de España regalaron a los pontífices de entonces. Seguramente Francisco sintió el peso de esa contradicción y quiso inmediatamente diferenciarse, primero eligiendo el nombre Francisco, en memoria del santo más pobre de la Iglesia, San Francisco de Asís. Y luego diciendo esa frase a los periodistas. Una frase que, por lo demás, en América latina al menos, está asociada a la Teología de la Liberación, a los conocidos en los años ’70 como curas tercermundistas, a la misa cantada con guitarras y celebrada en castellano y no en latín, al Concilio Vaticano II y todas sus reformas en síntesis, que intentaron acercar la Iglesia a la gente y a los pobres en particular. Por eso, tal vez, y también por su apertura hacia la Teología de la Liberación –en tiempos de Juan Pablo II abiertamente condenada por el Vaticano– algunos medios ultraconservadores de Estados Unidos acusaron a Francisco de “marxista”. “¿Yo marxista? No me siento ofendido. He conocido varios buenos entre ellos. Pero es una ideología equivocada”, dijo el Papa al diario italiano La Stampa en una larga entrevista.

“La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura ‘fachada’, que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso cotidiano, que se logra contando con el don de Dios”, dijo el Papa. El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 10 de enero y que se dio a conocer hace algunos días, Francisco lo transformó en un verdadero análisis sobre la fraternidad y las implicaciones a nivel económico, político y social que su existencia o su ausencia pueden producir en cualquier sociedad del mundo. Y subrayó cómo la fraternidad es determinante para la paz.