El narcisismo como enfermedad política

por Luis García Montero

Muchas de las decisiones que se tomaron sobre la monarquía, el olvido de los crímenes y la herencia del caudillo respondían a la mentalidad de unos grandes personajes que todavía pensaban en la dicotomía de la guerra y la paz, los militares y la libertad, y no en las posibilidades de una democracia social y republicana en 1978, en el contexto europeo del capitalismo avanzado.

La falta de madurez de la izquierda española impidió que el Partido de los jóvenes, el Partido del interior, dirigiese la historia hacia otro rumbo. Detecto también rasgos de narcisismo en las discusiones políticas de la izquierda motivadas por la crisis económica actual, el deterioro de la democracia y la aparición de nuevas formas de rebeldía en movimientos como el 15-M. Hay muchas virtudes en el 15-M. La denuncia de la política institucional que se separa de la calle, la crítica a las cúpulas de unos partidos acostumbrados a confundir el bien del país con el interés de los poderes financieros y la superación de la dialéctica bipartidista, tan ruidosa como superficial, abren perspectivas muy importantes. De mucho valor son también las exigencias de una democracia real, participativa, transparente, más horizontal que vertical. Pero todas estas virtudes pueden convertirse en defectos si solo sirven para dar pie a un descrédito generalizado de la política y de las instituciones democráticas al grito de “todos son iguales”.

La rebeldía se disuelve si no encuentra un cauce para intervenir en las leyes. En las últimas manifestaciones, junto a los policías disfrazados, ha pretendido infiltrarse también un pensamiento reaccionario peligroso. Las alarmas se encienden, por ejemplo, cuando alguien deja sin sueldo a los diputados y vende la medida como una reforma democrática de austeridad y purificación. ¿Quiénes nos van a legislar? ¿Las familias adineradas? ¿Los tecnócratas?

Corremos el peligro de que el narcisismo provoque un error político parecido al de la transición, pero en un sentido contrario: existe el riesgo de creer que estamos inventando el Mediterráneo, de olvidar que hay muchos debates que vienen de lejos y han dado muy malos resultados, de despreciar todo lo anterior, todo lo que no surja de una asamblea popular en una plaza, y de renunciar a un cauce político organizado capaz de llevar la rebeldía a las instituciones. Ese tipo de actitudes, incluso cuando se pone en marcha con una intención cívica, es una coartada jugosísima para los poderes financieros y los especuladores que están asaltando los recintos de la democracia. Ellos son el enemigo, la política no. Hace falta crear una opción política a la cual apoyar con nuestros votos de forma masiva. La confianza, darla y merecerla, es hoy una tarea de primera necesidad. En tiempos difíciles, la falta de madurez hace del narcisismo una enfermedad ideológica muy contagiosa. Leer más