La militancia lgbtt. Orgullo monstruo

La española Beatriz Preciado acuñó el concepto de “multitudes queer”, un modo político de enfrentarse desde lo raro y lo variado a lo que se supone que es normal. Qué relación tiene esta multitud de muchxs y distintxs con la historia de la militancia lgbtti y qué aporta a la humanidad.

orgulho LGTB gay indignados

Por Vero Marzano y Sonia Gonorazky

Durante mucho tiempo los grupos lgtbi se construyeron a partir del autorreconocimiento de sus integrantes como sujetos alienados, minorías expuestas a la arbitrariedad de “no tener derechos” reconocidos socialmente. Como pidiendo permiso, reclamaron y reclaman integrarse (y ser integradxs) a la mundanidad bien vista de la normalidad.

En los años ’80, y en consonancia con muchos otros movimientos sociales, empezó a cobrar fuerza otra modalidad de situarse en el mundo, la forma queer, que irrumpe en la arena política con posiciones fuertes, invirtiendo el sentido del estigma y celebrando las variaciones más que la variedad. Quizá pueda verse a las multitudes queer ponerse en evidencia dentro de las marchas del orgullo y de las contramarchas, de los cientos de grupos de dos, de cinco activistas que se arman, se desarman, se rearman, de las intervenciones en el espacio público, de los pasquines que circulan callejera y cibernéticamente o en esos “raros” discursos que intervienen esporádicamente la hegemonía mediática.

Múltiples en sus expresiones y discursos, lxs sujetxs de las multitudes queer no buscan uniformidad de criterios, ni unidad en la diferencia: son muchxs y distintxs; no sostienen demandas efectistas y lineales, fácilmente traducibles en slogans y titulares, sino más bien cuestionamientos, indagaciones, preguntas incómodas, pero ¡atenti!, comparten ciertas bases sólidas, por ejemplo, las luchas contra las imposiciones de la normalidad entendida como congruencia sexo/género/estereotipo y contra los atropellos de la heterosexualidad y el racismo como regímenes de opresión.

Preciado nos advierte sobre dos posibles lecturas erróneas pero frecuentes de “lo queer”. Por un lado, la que propende a la segregación del espacio político convirtiendo a las MQ en una reserva de transgresión y “la potencia política de los anormales en una óptica de progreso”. Y por otro lado, la que entiende que las estrategias de las MQ se oponen a las estrategias identitarias (o proponen una nueva, la queer), tomando la multitud como una acumulación de individuos soberanos e iguales ante la ley, sexualmente irreductibles, propietarios de sus cuerpos y que reivindicarían su derecho inalienable al placer. Esta interpretación silencia los privilegios de la mayoría y de la normalidad (hetero)sexual, que no se reconoce como identidad dominante.

“Cuerpos transgéneros, hombres sin pene, bolleras lobo, ciborgs, femmes butchs, maricas lesbianas…” Para Preciado el sujeto de la política queer es la multitud sexual. Propone abandonar conceptos marcados por la debilidad como “diferencia sexual”, “minorías” y todos los esencialismos de las políticas feministas y homosexuales. Lo que está en juego, indica, es cómo resistir o reconvertir las formas de subjetivación sexopolíticas de una modernidad que, a pesar de su persistencia, quedó atrás hace varios lustros.

Ni hombres ni mujeres, ni hétero ni homosexuales, las MQ se reivindican y actúan dentro de la “anormalidad” que les atribuye la sociedad. Lejos de la patologización y el miedo, engordan (o aumentan) ese alejamiento de las normas y las convenciones y lo convierten en “monstruosidad”. Una monstruosidad gozosa y provocativa, llena de potencia, que cuestiona los binarismos clásicos y tranquilizadores de la sexología y otros discursos modernos.

¿Qué piensan las MQ concretamente? Reconocen que en la visibilidad existe resistencia, protección y posibilidad. También que permanecer demasiado tiempo al amparo de una categoría produce efectos anquilosantes. Proponen moverse para resistir los efectos de la política de nombrar, etiquetar, encasillar y diferenciar para entonces jerarquizar, discriminando. Eso es la biopolítica, artimaña que invisibiliza, bajo consignas “igualitarias”, puntos de vista de un sujeto que —irónicamente o no— es siempre blanco, hétero, varón, propietario.

Las tecnologías 3D

Las MQ proponen principalmente tres banderas para su programa. Se trata de acciones o enfoques francamente deconstructivos, que parten de lecturas intencionadas de Foucault, Wittig, Derrida, De Lauretis, Hardt y Negri, y otrxs, y que decidimos llamar, polisémicamente, “el enfoque 3D”. Estas son:

l Des-identificarse de las categorías hegemónicas. Lesbianas que no son mujeres, putos que no son hombres, trans que no son hombres ni mujeres, etc. permiten cuestionar a los sujetos políticos clásicos y, al mismo tiempo, producir prácticas hiperidentitarias que los parodian y debilitan.

l Des-ontologizar el sujeto de la política sexual, repensando cuáles son esos sujetos sin considerar nada como evidente. Ejemplo de este proceso es el cuestionamiento, por parte de las lesbianas negras, chicanas y marimachas, al sujeto dominante de la teoría feminista standard (mujer, femenino, blanco y heterosexual).

l Des-territorializar la heterosexualidad. La emergencia de los cuerpos que encarnan las MQ en los espacios individuales tanto como en los urbanos supone una resistencia activa a los procesos de “llegar a ser normal” y detona inevitablemente la metamorfosis de la heterosexualidad. Sí: leíste bien. Cambios dentro del propio régimen político que constituye la matriz hétero, produciendo infinidad de opciones legítimas.

Y por casa, ¿cómo andamos?

En Argentina, legislaciones como el matrimonio igualitario y la Ley de Identidad de Género pueden atemorizar o generar desconfianza frente al riesgo de que conduzcan —intencionadamente o no— a las trampas de un sistema republicano universalizador que, lejos de cuestionarse a sí mismo, se reafirma asimilando bolsones de sujetxs hasta hoy en los márgenes, pero ahora necesarixs para expandir sus fronteras y mantener su hegemonía. Así, desde una lectura ingenua y lineal podríamos decir que las recientes leyes, en lugar de des-identificar, identifican; en lugar de des-ontologizar, ontologizan y en lugar des-territorializar, territorializan.

Pero si consideramos las advertencias de no caer en poses transgresoras que sólo pueden sostenerse en las políticas de mercado o invisibilizando los privilegios heterosexuales, decididamente apostamos a la potencia que conllevan los cuerpos de las MQ como “horadadores” de todas las seguridades sexopolíticas por el solo hecho de hacer uso de las instituciones hegemónicas. Aun cuando la única ilusión que persigan legítimamente los sujetos individualmente sea la ilusión de la “normalidad”.

De ese modo los usos de la ley de identidad de género recientemente sancionada nos permite reapropiarnos de las tecnologías del género estatales y reconvertir las formas heterosexuales de varón y mujer y sus relaciones de poder, encarnándolas monstruosamente: en Argentina hoy bien se puede ser varón sin pene, mujer sin concha, y todas las variantes que la imaginación nos permita, aun cuando quienes mayoritariamente hagan uso de la ley sólo busquen ser “lo más normales que sea posible”. Y esto definitivamente cambia el panorama de la política sexual. Porque lo que importa es la invención de nuevos imaginarios, el corrimiento de los límites, el traspaso de ciertas fronteras para todxs y para cada unx. Porque lo que buscamos es desterritorializar la heterosexualidad que como régimen domina el escenario político y social en el que nos movemos. Y porque finalmente “la sexopolítica no es sólo un lugar de poder, sino sobre todo un espacio de creación”.

En síntesis, las políticas de las MQ se oponen a las instituciones tradicionales soberanas y universalmente representativas. Justamente porque sus estrategias inauguran procesos de metamorfosis del espacio urbano, del conjunto social y de los sujetos políticos corrientes, inyectando en su seno monstruosidades queer que se meten por los orificios de la heterosexualidad y dan como resultado otros sujetos, que quizás aún no tengan un lenguaje propio. Construir ese lenguaje es tal vez un desafío similar al de Wittig en El cuerpo lesbiano y podría ser, por qué no, una de las próximas luchas.