Táctica y estrategia: una genealogía crítica del escrache

por Luis Martín-Cabrera
Rebelión

Los políticos del PP están en su derecho de rechazar el “escrache” como táctica; tienen a su alcance toda la fuerza de los aparatos represivos del Estado para reprimir y criminalizar esta forma de protesta, poseen el monopolio de la violencia, pero lo que de ninguna manera podemos consentir es que se arroguen también el monopolio de la historia y la cambien a su antojo. Una mentira repetida muchas veces no se convierte en verdad. Mal que les pese a Goebbels y a la Señora de Cospedal, la verdad no se ensaya.

El PP insiste día sí y día no en vincular el escrache con el nazismo y con otras prácticas totalitarias como la lapidación o el terrorismo. La cosa no deja de ser irónica en un partido que tiene como fundador a Manuel Fraga Iribarne, autor de una de las leyes de prensa más represivas de nuestra reciente historia y apologeta inconfeso hasta sus últimos días del régimen franquista. Sí, el mismo régimen que celebraba el cumpleaños de Adolfo Hitler por lo menos hasta la victoria de los aliados en la segunda guerra mundial. La angustia con que los políticos del PP repiten que el escrache es una práctica cercana al nazismo evidencia bien una estructura psicológica perversa –confundir víctimas con victimarios, incapacidad para hacer empatía con el sufrimiento ajeno, etc.—bien una ignorancia supina sobre la historia y la genealogía del escrache como táctica y estrategia de protesta.

Nuestros políticos tienen tal tortícolis de tanto mirar a Europa en general y a Alemania en particular que se les ha olvidado que el “escrache” no vino de Europa, vino de Argentina, un país con el que también tenemos una larga y fecunda historia de encuentros y desencuentros. Por tanto, se puede discutir a fondo la justeza de una táctica como el escrache, lo que no se puede hacer es vincularlo con la Europa de los años treinta ni con las prácticas de los nazis marcando las puertas de los judíos antes del holocausto.

El escrache nace en pleno ajuste neoliberal durante el gobierno de Carlos Saúl Menen. El término escrache proviene del lunfardo, el habla de las clases populares, los inmigrantes y el hampa en la Argentina de los años veinte y treinta. A los políticos del PP les vendría bien leerse alguna de las maravillosas novelas de Roberto Arlt sobre el submundo del lumpen en Argentina para que entendieran que, lejos de tener que ver con el nazismo y el exterminio de los más vulnerables, el lunfardo es la expresión lingüística de los desposeídos porteños, muchos de ellos, por cierto, inmigrantes españoles e italianos que huían de una crisis causada por unas clases dominantes que, como las de ahora, insistían en aplicar un ajuste brutal a la mayoría (cambiamos casas por tierras, y la negativa a hacer una reforma agraria y la situación se parece mucho, con actores y todo incluidos).

En un libro sobre la expropiación de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), el campo de concentración más grande que hubo en la Argentina, se puede leer:

“Posiblemente del cruce de dos términos italianos scraccâ [expectorar] y schiacciare [romper, destrozar] el lunfardo construye ‘escrachar’. Algunas de sus acepciones más usuales son: retratar o fotografiar a alguien sin habilidad o contra su voluntad; arrojar una cosa con fuerza, estrellarla contra algo; romperle a alguien la cara; poner a alguien en evidencia; delatar a alguien abierta y públicamente. [1]

Sí, es cierto, hay una cierta violencia en la etimología y la práctica del escrache, pero dos consideraciones son fundamentales para debatir su justeza . En primer lugar, hay que tener en cuenta que se trata de una respuesta a una situación de violencia estructural mucho mayor. En el caso de Argentina son los hijos de los desaparecidos, la organización HIJOS (Hijos contra la impunidad y el olvido) la que utiliza el escrache por primera para señalar a los represores y torturadores que viven con total tranquilidad a la sombra de la impunidad. En el caso de España, que por cierto no es ajena a esta situación de genocidio, se trata de la violencia estructural desatada por una Ley de Ejecución Hipotecaria que produce suicidios, desahucios y tragedias familiares vulnerando el derecho a una vivienda digna, uno de los derechos fundamentales recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Por eso, no dejan de ser también perversas las declaraciones de Felipe González mostrando preocupación por los hijos menores de aquellos políticos del PP que son escrachados y nada tienen que ver con las decisiones de sus padres. Comparar la vergüenza que puedan sentir los hijos de un cargo electo del PP con la violencia que sufren los menores que ven cómo sus padres son desahuciados y expulsados de su vivienda por una ley de ejecución hipotecaría que el propio Tribunal de Justicia europeo considera ilegal es simplemente una forma de ceguera perversa y violenta. A los políticos no se les escracha como individuos, sino como representantes públicos y no hay nada malo en que sus familias sepan que sus decisiones afectan de manera dramática a la mayoría de la población. Por lo demás, mejor sentir vergüenza que ser un sinvergüenza, sin vergüenza no hay ética, dice Lacan.

En segundo lugar, y esto es fundamental, el escrache como táctica responde a una situación de impunidad. “Si no hay justicia, hay escrache” reza el lema de la organización HIJOS que precede a todas sus acciones. La agresividad del escrache, sus tácticas de guerrilla urbana, emergen cuando se han agotado todas las vías legales o cuando la ley simplemente consagra una situación de exclusión y violencia insoportables. En el caso de HIJOS el escrache surge tras las leyes de Punto Final, Obediencia Debida y Amnistía de los años noventa que consagran la impunidad de los genocidas en Argentina. Del mismo modo, en España la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) recurre al escrache cuando el gobierno abandona la Iniciativa Legal Popular y ya no quedan más recursos legales con que presionar a los políticos, es una táctica surgida al calor de la impunidad contra la impotencia.

Pero más allá de lo que se piense sobre la agresividad o no del escrache, lo que es fundamental en esta práctica es que contribuye a iluminar algo que la sociedad no veía. El escrache es esa fotografía hecha contra la voluntad de quienes perpetúan una situación de injusticia. Marca, hace visible una herida en la sociedad, escupe una verdad que todo el mundo conocía pero nadie veía, aspira a ser una pedagogía popular. ¿Qué sabríamos hoy de la situación de los afectados por los desahucios si no fuera por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca? Si no hay justicia, hay escrache.

Por otro lado, el escrache es una práctica política muy novedosa que inventa un tiempo y un espacio nuevos para la política militante, abre el presente a una lectura diferente de la historia e ilumina posibilidades donde el final de la historia neoliberal sutura y repite que “no hay alternativas”. Los miembros del Colectivo Situaciones, un grupo de teóricos militantes surgido tras la crisis del 2001 en Argentina, afirman:

“Los escraches son, en primer lugar, un llamado a la lucha, una confirmación práctica de que la acción transformadora es ahora o no es. Son lo opuesto a la melancolía del que espera (sentado) un mundo mejor. El escrache nos demuestra que la lucha no depende de un mañana luminoso, de ninguna estrategia legítimamente demostrada, ni de ningún salvador que nos libere. Por eso el escrache funda otra idea del tiempo, diferente a la que nos ofrece el capitalismo […]. Así el escrache funda un presente lleno de potencialidades, decisivo. El escrache es una práctica que no puede esperar ni conformarse. Surge hoy y es para ahora” [2]

Es decir, el escrache no opera en un plano ontológico, sino que es pura inmanencia, aspira a interrumpir la hegemonía del bloque histórico de poder, por eso pone tan nerviosos a los políticos, les pone por primera vez contra las cuerdas, porque les impide protegerse con el sacrosanto derecho a la intimidad y la propiedad privada. El escrache revela que el sistema está atravesado por la violencia y que el monopolio de la violencia que ostentan los políticos no es natural, sino que es el resultado de la dominación capitalista. Por eso, lo que hay que pedirle al escrache no es que sea más o menos agresivo, sino que sea más pedagógico, que involucre a más gente, que sea más creativo, que anude el pasado con el presente, que produzca justicia. Y en esto también tenemos más en común con Argentina que con Alemania, no en vano uno de los escraches más mutitudinarios que hubo en Argentina fue el de Martínez de Hoz, el ministro de economía de Videla que implementó las primeras medidas de liberalización de la economía, el fundamento de las políticas de ajuste neoliberal que continuó Menen en los noventa.

[1] Marcelo Brodsky. Memoria en construcción. El debate sobre la ESMA. Buenos Aires: La Marca, p. 175.

[2] Colectivo Situaciones. Mesa del escrache popular. Buenos Aires: de mano en mano: 2002.

Publicado por

Talis Andrade

Jornalista, professor universitário, poeta (13 livros publicados)

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