Civilización y barbarie en la literatura latinoamericana

 por Vicente Battista

“Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. I aspectos físicos, costumbres i ábitos de la República Arjentina” apareció con esta grafía y en forma de libro en 1845. Unos meses antes lo había hecho a modo de folletín en el diario chileno “El Progreso”. La obra, que comenzó siendo una diatriba al gobierno de Rosas, casi de inmediato trascendió esa intención inicial: la potencia y la calidad de su escritura la convirtieron en uno de los textos fundamentales del siglo XIX y en uno de los puntales sobre los que se asentaría la incipiente novelística latinoamericana. El vasto título de aquella primera edición fue decreciendo hasta llegar al que hoy conocemos: “Facundo, Civilización y Barbarie”. Según González Echevarría: “al proponer el diálogo entre la civilización y la barbarie como el conflicto central en la cultura latinoamericana, “Facundo” le dio forma a una polémica que comenzó en el periodo colonial y que continúa hasta el presente”.

En la primera parte del libro, Sarmiento ofrece un perfil de los gauchos, del modo en el que él los ve: “se distinguen por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial; se muestran incapaces para dedicarse a un trabajo duro y seguido (…) sus niños van sucios y cubiertos de harapos, viven con una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo, en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por todas partes”. Compara a esta gente que, según afirma, gastan sus horas en las pulperías, con el atildado hombre de la ciudad que “vive de la vida civilizada; allí están las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización, el gobierno municipal, etc”. Contrapone a las viviendas de los gauchos con los hogares de los escoceses y alemanes, el puro ejemplo de la civilización y el progreso: “las casitas son pintadas; el frente de la casa, siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado, sencillo, pero completo.” Civilización será lo urbano, racional y coherente, el orden y el progreso (ahí está la bandera de Brasil para perpetuarlo). Barbarie será la pampa, salvaje, irracional y caótica. Desde entonces, los términos se ofrecen como una dicotomía.

Suele atribuírsele a Latinoamérica una naturaleza desbordante y mágica. En el Popol Vuh, el libro maya de la comunidad k`iche que a mediados del siglo XVI Fray Francisco Ximenez transcribió mediante caracteres latinos, encontramos a criaturas como Sipakna, capaz de crear montañas y volcanes en una noche, o como Kab’raqan, quien con solo zapatear puede destruir esas montañas y esos volcanes. En las primeras cartas que Cristóbal Colón envía a la corte de Isabel la Católica, se informa que “los isleños nacen con cola y comen carne viva”. Esa descripción extraviada se repetirá en las futuras cartas y en el Cuaderno de Bitácora del almirante, y persistirá un siglo después: Fray Pedro Simón asegura que “en ciertas provincias del Perú se alimentan únicamente de oler flores y frutas y en oliendo malos olores mueren”. Otro fraile, Tomás Ortiz, anunciará que “comen piojos, arañas y gusanos crudos, son sin barbas y si alguna vez les nacen, se las arrancan”. Si a las peculiaridades de las culturas mayas, incas y aztecas unimos las alucinaciones brindadas por el colonizador español podríamos obtener el origen del Realismo Mágico. No es casual que ese género se haya gestado en una franja de América que alguna vez estuvo bajo dominio maya y más tarde inca y azteca. El desenfreno que caracteriza a cierta narrativa colombiana o cubana o mexicana o ecuatoriana se nutre de la mitología americana y de la perturbación que trajo el conquistador. ¿Quiénes hablaban en nombre de los bárbaros y quiénes en nombre de la civilización?

Esa naturaleza desbordante y mágica mencionada en el párrafo anterior deja de tener sentido en Buenos Aires, tampoco la tiene, creo, en Montevideo. La escritura de una y otra orilla es esencialmente urbana. Sin el inmenso pasado de México y de Perú se hizo necesario inventar una historia. Borges lo explica así: “Nuestro deber era fundar, como los Estados Unidos, una tradición que fuera distinta. Buscarla en el mismo país del que nos habíamos desligado hubiera sido un evidente contrasentido; buscarla en una imaginaria cultura indígena hubiera sido no menos imposible que absurda. Optamos, como era fatal, por Europa.”

No es casual entonces que mientras Juan Rulfo ubica a sus personajes en Comala —“un pueblo muerto, poblado sólo de voces gastadas, ecos, murmullos, fantasmas y sombras”—, y García Márquez en Macondo —“una pequeña aldea de 20 casas, fundado y poblado por los Buendía y otros vecinos”—, Juan Carlos Onetti invente Santa María, “una ciudad con su declive y su río”, para situar a los suyos. Rulfo y García Márquez cuentan con una tradición, Onetti debe crearla, y de algún modo la crea cumpliendo con las directivas de Borges: “Se estiró como para dormir la siesta y estuvo inventando Santa María y todas las historias.”

Civilización y Barbarie conviven armónicamente en la narrativa latinoamericana. Ambas se complementan para incorporar a las diferentes culturas, a las leyendas y mitos que, por propio pasado, por colonización o por inmigración, día a día persisten en producir el legítimo texto latinoamericano, próspero e inagotable.

 In Télam

Publicado por

Talis Andrade

Jornalista, professor universitário, poeta (13 livros publicados)

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